OPINIÓN GERÓNIMO PÉREZ RESCANIERE
Debió ser durante una parada en una venta llanera donde se hizo la fotografía. Atrás se ven unos pilares de madera flacos y cuadrados, tras los cuales hay sombras. Más allá a la izquierda, una especie de reja cuadrada que quizá sea una pared. Está de pie, con sombrero y cara y bigote de Jorge Negrete, las botas largas, negras y brillantes, su caballo está al lado y mira hacia el suelo o hacia algo cuadrado que probablemente es un tiesto de matas, quizá piensa en comérselas. Las patas del caballo apenas se ven en la oscuridad mientras el general apoya un brazo en el lomo del animal pero levanta la mano para mostrar las riendas, en acto de poder, de ostentación. Son tejidas, costosas, terminan en una bolilla que si la foto fuese en color, tal vez aparecería dorada. La mirada se dirige un poco hacia el cielo o los techos, en reto, está diciendo aquí estoy, no me escondo, no tengo miedo, ténganlo ustedes. De eso habla también el descanso despreocupado en el animal. Tiene la pierna izquierda tensa hacia atrás, bastante en la sombra, y la derecha hacia adelante y, debido a que lleva la chaqueta desabotonada, se nota el miembro bajo la tela del pantalón, tensa allí.
Lo cantó el poeta Andrés Eloy Blanco, leyó en él un sino que iba a salir tres décadas después como árbol universal.
Guerra a caballo, con emboscadas y competencia en actos de valentía era la suya. El nieto narrará el nombre de sus perros: “¿Tú sabes cómo se llamaban sus perros? Perrondongo y La Chuta, dos perros cazadores. Y su caballo se llamaba Bala, un caballo negro”. Debe ser el que está en la foto con las orejas paradas. “Él era uno de los hombres de Cipriano Castro. Yo fui consiguiendo el camino, investigando, preguntando. Uno oía que hablaban de un tal guerrillero, un asesino, un bicho malo, un abuelo malo. Descubrí la verdad ya siendo soldado. ¿Ah?, ¿qué bicho malo era? No era bicho malo (…) Se había venido porque mató a un hombre. Le metió cuatro tiros a un coronel de apellido Macías, en Ospino, porque le preñó a la hermana y no reconoció la barriga. Era un carajito de 15 años, le metió cuatro tiros. Ya había muerto el viejo Pedro Pérez Pérez. ¿Quién fue Pedro Pérez Pérez? Yo me puse años y años a investigar esa historia (…) era su padre, era un indio guariqueño. Se fue a la guerra detrás de Zamora, mataron a Zamora en 1860 y Pedro Pérez Pérez se fue a Ospino, allá se casó con Josefa Delgado. Y tuvo dos hijos: Petra Pérez Delgado y Pedro Pérez Delgado, el general.” Pero no nació general, apareció en esas llanuras de 15 años, tuvo que irse de Ospino, porque si no lo matan, y se metió a la guerra”.
—Le pusieron Maisanta porque gritaba al empezar la batalla: “¡Maisanta, que son bastantes!”. Iba riéndose. Riéndose, sí, ese no tenía miedo. De ahí le vino que lo llamaran Maisanta.
Aquellos viejos también se reían, sin dientes. Reírse es cosa de hombres fuertes.
—Buenmozo el hombre, lo llamaban El Americano por lo catire y bien plantado.
Admiración dejó el abuelo:
—Su abuelo de usted gozaba la guerra porque había nacido para eso, después le dieron el castillazo y le tocó comer vidrio molido en el arroz.
Pedro Pérez Delgado estaba furioso cuando se murió, batió el escapulario contra la pared del calabozo. En ese escapulario había una cruz hecha de espadas que apenas se ve y el escudo de la Virgen del Socorro, se le calculan como 150 años. Yo lo imagino sentado en el suelo, vencido, llorando. 150 años es mucho. Es sudor seco de las cargas de Zamora. Fue sembrar una mata, más bien un bejuco que convive con las culebras, las hormigas, las matas de batata por siglos, muy poco lleva sol, brotó en Maisanta, es bejuco resistente, pienso en balas que partieron desde hace siglos, vienen llenas de las babas de la tierra, porque a toda tierra se le pegan babas, brotará otra vez.
En los tiempos del liceo, las guerrillas del llano solo existían en los libros, los aviones las hubieran destrozado en instantes. Pero las hubo, guerrillas de Fabricio Ojeda, de Argimiro Gabaldón, de Douglas Bravo. Eso salía en el periódico y se hablaba entre los muchachos. Los guerrilleros comunistas prefirieron la montaña, la de Falcón, la de Trujillo, sitio de encoñetaduras de montañas impenetrables.
Él quería ser beisbolista, se apasionaba con cuentos de un pítcher apellidado Chávez, gran ponchador, tanto que tenía por sobrenombre Látigo. El Látigo Chávez no perdonaba. Él coleccionaba las fotografías del Látigo que aparecían en los periódicos, los pegaba en un álbum hecho de hojas de cartón gris, unidas con dos anillos de guaral. Hasta que escuchó la noticia por radio: “En accidente de aviación murió el Látigo Chávez”. Qué días de haber perdido un hermano. Un hermano mayor con el que nunca había hablado pero que era todo lo que vale la pena ser. Nunca había despedido a nadie así, para siempre. Se estrenó en eso.
En las tomas de televisión de su velorio, su papá apareció en silla de ruedas, circulando entre los dignatarios, qué distinto de aquella época cuando todavía montaba en la bicicleta, se acercaba a la casa parado sobre un solo pedal, haciendo equilibrio y aprovechando el impulso. Sonreía. Un día le preguntó:
—Ya vas a ser bachiller. ¿Qué quieres estudiar en la vida?
Bolívar por el Látigo Chávez.
La vida le atravesó aquel aviso. La Escuela Militar solicitaba estudiantes. Ahí vio el camino. Hasta daban beca. Era perfecto, sería una manera de estar en Caracas, de acercarse a los equipos, de conocer a los mánager e ir haciendo amigos, incorporándose, y cuando viniera a ver daría el salto al béisbol. Adiós Escuela Militar, estaría en el camino de ser el segundo Látigo Chávez. La escuela tenía equipo de béisbol y entrenadores. ¡Qué entrenadores!: Lázaro Casanova, que fue mánager del Caracas. Lo conoció, el hombre que había dirigido el equipo en tantas series del Caribe. Se hizo amigo de Casanova y procuró destacarse en el bateo. Algo logró. La disciplina le era fácil. Y entonces pasó lo que pasó. Le gustó la escuela, le gustó su patio, le iba gustando la importancia que se daban los oficiales. Ante ellos había que cuadrarse. Cuando él fuese oficial… Y apareció Bolívar. Le gustaba el letrero. No hay ambición más grande para un hombre que ser útil y ser bueno. Firmado: Simón Bolívar. Aquella placa de bronce oscuro presidía el patio de la Escuela, donde se pisa sobre cuadros de cemento cuyas juntas tienen relleno de petróleo. La Escuela, obra del gobierno militar del general Pérez Jiménez…
Bolívar presidía todo, su cabeza estaba en bronce, rostro delgado, de mirada puesta en lo serio.
Al lado del general Maisanta está un joven que debe ser su segundo. Es infantil, de cara y de mirada, el sombrero con las alas para abajo le da aspecto de bobo. Contrariamente al jefe, es tímido. Viste liquiliqui probablemente lavado para la ocasión, perfectamente abotonado, las botas están pulidas, y une las dos manos sobre lo que tal vez sea la hebilla de una correa. Su caballo luce mucho menos cansado que el del general. Alrededor de la zona del retrato se adivina el resto de la calle larga, de pueblo del llano, las otras casas, más allá de las últimas, donde la calle se vuelve camino, están los campos “de palma y sol”, hay demasiados bejucos en ellos, nadie podría rastrearlos, contabilizarlos, destruirlos.
De Cristóbal Colón a Hugo Chávez Frías, Palabroria, vol III.
geronimoperescaniere@gmail.com
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ILUSTRACIÓN ETTEN CARVALLO

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