sábado, 16 de noviembre de 2013

ÉPALE/DIARIO

DÍAS Y NOCHES DE AMOR Y DE GUERRA (VI)
10/11/13.-MI SEGUNDA MUERTE FUE ASÍ
1.
Me levanté, a los tropezones, y encendí la única lámpara del cuarto. En el reloj eran las ocho y media de la noche. Abrí de par en par las dos hojas de la puerta, que daban a una terraza de madera sobre la playa. La luna llena excitaba a los perros. Yo no podía dormir, pero no por los ladridos.
Estar parado me mareaba. Me recosté, doblé la almohada; quise leer. La cama hervía. Afuera soplaba una brisa caliente que dejaba caer, a mis pies, las hojas de los almendrones.
Aquel había sido un día importante para mí. A la salida del hospital me habían dado un certificado de resurrección.
Di un par de pasos, mareado, y abrí la ducha. Me miré al espejo: vi un montón de huesos con ojeras.
Estaba a la miseria. Tenía rodillas de gelatina. Me temblaba el mentón, me castañeteaban los dientes. Junté toda la fuerza que me quedaba y me apreté el mentón con las dos manos. Yo quería parar ese crujidero continuo. No pude.
Me senté en la cama, con la toalla en las rodillas. El agua repiqueteaba fuerte contra el piso de cemento del baño. Me quedé sentado un rato largo, pensando en nada y mirándome los dedos de los pies. Ríos de transpiración me resbalaban por el cuerpo desnudo. Me sequé la transpiración y me puse, lento, el pantalón y la camisa.
La ducha seguía abierta. Me di cuenta de que no me había bañado. Desvestirme me daba pereza. Cerré la canilla y salí.
Caminé descalzo bajo los almendrones de Macuto.
2.
Caracas era un supermercado gigante. Solamente los automóviles podían vivir allí sin pudrirse el alma ni envenenarse los pulmones. Así que yo había alquilado un cuarto en ese hotelito de la costa, frente al mar. No quedaba lejos. Cada día yo iba y venía a través de las montañas.
Aquel sí que era un buen lugar. El aire estaba siempre limpio y el sol se metía temprano en el cuarto, y entonces uno se iba a nadar un buen rato antes de empezar el día.
En la costa se alineaban varios cafés y restoranes con mesitas bajo los árboles, al borde de la playa. Había muchas palomas. Allí fue que supe, porque no sabía, que cuando la paloma une su pico con el pico del pichón, no lo hace para besarlo, sino para darle de comer la leche nacida de su buche.
3.
Al atardecer, hora de tregua, me habían dado el alta.
Alejandro Mondolfi, el médico, me palmeó la espalda y me dijo:
—Te suelto —y me dijo—. Has tenido dos paludismos en un mes. Te cuidas o eres cadáver. Tienes que comer mucha lenteja. Aquí están tus pastillas: quinina, hierro.
Ahora yo sabía que un mosquito puede ser peor que una serpiente y también sabía que sería perseguido, hasta el fin de mis días, por el pánico a la vuelta del incendio y el hielo de aquella fiebre. En la selva la llaman la económica, porque te mata en un día y no tenés que gastar en remedios.
Nos habíamos quedado presos de las lluvias, con Daniel Pacheco y Arnaldo Mendoza, en las minas de diamantes de la selva del Guaniamo. El desastre había valido la pena. Allí un hombre se dormía millonario y al amanecer estaba muerto o sin una moneda para comprarse una galleta. El negro Barrabás había fundado la estirpe de los mineros. Había encontrado un diamante del tamaño de un huevo de paloma y se había hecho arrancar todos los dientes para ponerse una dentadura de oro puro. Terminó sus días en una mina perdida de la frontera, pidiendo fiado para el desayuno.
En los campamentos mineros se dormía en hamacas entre los árboles. Cada hamaca era una casa, pero se consumía whisky Ballantine’s y coñac francés. Un café valía diez veces más que en Caracas y nosotros nos quedamos, en pocos días, sin un centavo. Nos salvó La Nena. Ella venía de La Guaira. Tenía diecinueve años y en una noche de amor ganaba más que yo en un mes de trabajo. Cuando le miré las piernas, pensé: “Es justo”. La Nena nos regalaba cerveza y comida; y por fin pudimos meternos en una avioneta que nos sacó de la selva. Los mosquitos nos habían devorado y los tres llevábamos la malaria en la sangre. Yo tuve las dos malarias: la benigna y, en seguida, la brava.
Mi cabeza era una llaga viva cuando llegué al hospital. La fiebre la escarbaba con puñales, le prendía fuego. Por entre los labios partidos me salían quejas y disparates. Sentía que me moría y no esperaba que nadie apareciera en medio del delirio y abriera sus brazos para salvarme de los hervores y las cuchilladas de la fiebre: el dolor era tanto que no cabía en mí nadie más que el dolor, y simplemente me quería morir porque la muerte dolía menos.
Pero me gustó despertarme vivo a la mañana siguiente. La fiebre había caído. Parpadeé: recorrí las camas de mis vecinos, me restregué los ojos. Estaba rodeado de caras que la leishmaniosis había hecho pedazos. La lepra les había comido orejas, labios y narices; se les veían los huesos y las encías.
Pasé un buen tiempo encerrado. Creo que yo era el único caso de paludismo. Los leprosos, hombres de campo, no hablaban. Yo compartía con ellos las manzanas que traían mis amigos. Ellos tenían una radio. Escuchaban boleros.
La quinina, una dosis de caballo que me metieron en las venas, me había salvado. Poquito a poco me iba recuperando. Me asusté cuando vi que meaba negro, mi sangre muerta, y más me asusté cuando volvió la fiebre. Apreté el brazo del médico y le pedí que no me dejara morir, porque yo ya no me quería morir, y él se rió y me dijo que me dejara de joder.
4.
Recuerdo el tiempo del hospital como un largo viaje. Yo iba en un tren, atravesando el mundo, y de la bruma de la noche se desprendían ciudades y resplandores, caras queridas: yo les decía adiós.
Veía el mar y el puerto de Montevideo y los fogones de Paysandú, las esquinas y las llanuras donde había sido chiquilín y feliz. Veía un potrillo galopando. Veía ranchos de terrón y pueblos fantasmas. Pajaritos en el lomo de una vaca echada. El casco de una estancia en ruinas. Me veía entrando en la capilla invadida por la maleza. Yo metía la llave enorme y la puerta crujía y gemía. Desde afuera venía el bullicio de las calandrias y los teros. La luz atravesaba los vitrales y me bañaba, rojiza, la cara, mientras yo me abría paso entre los yuyos y llegaba al altar y charlaba con Dios y lo perdía.
Veía a mi hermano despertándome bajo los árboles, a los sacudones, al amanecer del tercer día de nuestra travesía a caballo por el campo abierto. Él me despertaba y me preguntaba: “¿Estuviste alguna vez con una mujer?”, y yo me desperezaba y le mentía.
Veía mares y puertos. Cantinas de suburbio, llenas de humo, oliendo a comida caliente. Cárceles. Comarcas lejanas. Pueblitos perdidos en las montañas. Campamentos con hogueras. Veía miradas, vientres, fulgores: mujeres amadas bajo la lluvia violenta o en el mar o en los trenes, mujeres clavadas a medianoche contra un árbol de la calle; abrazos de escarabajos que ruedan por las arenas de los médanos. Veía a mis hijos y a los amigos que nunca más se supo.
Yo me había pasado toda la vida diciendo adiós. Carajo. Toda la vida diciendo adiós. ¿Qué ocurría conmigo? Después de tanta despedida, ¿qué había dejado yo? Y en mí, ¿qué había quedado? Yo tenía treinta años, pero entre la memoria y las ganas de seguir se había amontonado mucho dolor y mucho miedo. Había sido muchas personas, yo. ¿Cuántas cédulas de identidad tenía?
Otra vez había estado a punto de naufragar. Me había salvado de morir una muerte no elegida y lejos de mi gente, y esa alegría era más intensa que cualquier pánico o lastimadura. “No hubiera sido justo morirme”, pensé. No había llegado a puerto este barquito. Pero, ¿y si no había ningún puerto para este barquito? En una de esas navegaba por el puro gusto de andar o por la locura de perseguir aquel mar o cielo luminoso que había perdido o inventado.
Ahora, morirme hubiera sido un error. Yo quería dar todo antes de que la muerte llegase, quedarme vacío, para que la hija de puta no encontrara nada que llevarse. ¡Tanto jugo que tenía todavía! Sí. Era eso lo que me había quedado al cabo de los adioses: mucho jugo y ganas de navegar y angurria de mundo.
5.
Mis amigos me trajeron en auto, desde el hospital. Llegamos a Macuto poco antes de la caída del sol. Nos sentamos en un café, pedimos cerveza.
De la luz del crepúsculo salían atardeceres de otros tiempos. Cuando yo era chiquito me iba a pescar, pero no por pescar, que en realidad no me gustaba porque me daban lástima los pescados, sino por el júbilo de estar allí en los muelles mirando cómo el mar se tragaba lentamente al sol. Habían pasado los años y ahora era igual. Yo sentía lo mismo en el pecho. Pensé que alguna cosa esencial no había cambiado dentro de mí, a pesar de todo.
Me reí con mis amigos. Ellos me ofrecieron muletas, me dijeron que la malaria me había dejado el mal de San Vito, me propusieron que empezara los trámites de la jubilación.
Al anochecer, se volvieron a Caracas. Yo subí al cuarto a acostarme. Quise dormir; no pude.
Después me levanté y caminé. Sentía la arena en las plantas de los pies descalzos y las hojas de los árboles me tocaban la cara. Había salido del hospital hecho un trapo, pero había salido vivo, y se me importaba un carajo el temblor del mentón y la flojera de las piernas. Me pellizqué, me reí. No tenía dudas ni miedo. El planeta entero era mi tierra prometida.
6.
Pensé que conocía unas cuantas historias buenas para contar a los demás y descubrí, o confirmé, que escribir era lo mío. Muchas veces había llegado a convencerme de que ese oficio solitario no valía la pena si uno lo comparaba, pongamos por caso, con la militancia o la aventura. Había escrito y publicado mucho, pero me habían faltado huevos para llegar al fondo de mí y abrirme del todo y darme. Escribir era peligroso, como hacer el amor cuando se lo hace como debe ser.
Aquella noche me di cuenta de que yo era un cazador de palabras. Para eso había nacido. Esa iba a ser mi manera de estar con los demás después de muerto y así no se iban a morir del todo las personas y las cosas que yo había querido.
Para escribir tenía que mojarme la oreja. Yo sabía. Desafiarme, provocarme, decirme: “No podés, a que no”. Y también sabía que para que nacieran las palabras yo tenía que cerrar los ojos y pensar intensamente en una mujer.
7.
Entonces tuve hambre y me metí en el restorán chino de Macuto. Me senté junto a la puerta, para recibir la brisa fresca que venía del mar.
Al fondo del restorán había una muchacha comiendo sola. La vi de perfil; casi no me fijé. Además, soy corto de vista, y no llevaba lentes.
No recuerdo lo que comí. Arrollados, supongo, y sopa y pollo saltado o algo así. Bebí cerveza, que es siempre preferible a un vino malo. Me tomé la cerveza como a mí me gusta, con la espuma helada en los labios y el líquido dorado atravesando la espuma de a poco y rozándome los dientes.
Comiendo me olvidé del temblor del mentón. La mano llevaba con firmeza el tenedor a la boca.
Alcé la mirada. La muchacha pálida se acercaba, con pasos lentos, desde el fondo.
Levantó del suelo una flechita de papel y la rompió en pedacitos. La miré, me miró.
—Te mandé un mensaje —me dijo.
Tragué saliva. Sonreí disculpándome.
—Sentate —la invité—. No me di cuenta —dije.
Le pregunté qué decía el mensaje.
—No sé —dijo.
—Sentate —repetí, y corrí una silla.
Movió la cabeza; vaciló. Por fin se sentó. Miraba el piso, incómoda.
Quise seguir comiendo, pero me costaba.
—Se ve que no tomas sol —le dije.
Se encogió de hombros.
El resto de comida se me enfrió en el plato.
Ella extendió la mano, buscando un cigarrillo. Alcancé a ver las cicatrices de los tajos en la muñeca. Le encendí el cigarrillo. Tosió.
—Son fuertes —dijo.
Examinó el paquete, le dio vuelta en la mano:
—No son de acá —dijo.
La luz le lamía la cara. Era hermosa, a pesar de la palidez y la flacura. Me clavó los ojos y yo deseé que sonriera y no supe cómo.
—¿Sabes por qué te tiré la flechita? —preguntó, y dijo—. Porque tienes cara de loco.
Creo que había una música china, lastimera, sonando bajito. Una voz de mujer, si no me equivoco, que se cortaba en la mitad de cada queja.
—Yo nunca tomo sol —dijo—. Me paso todo el día encerrada en mi cuarto.
—¿Y qué haces, encerrada?
—Espero —me dijo.
8.
Al final apagaron las luces, que era una manera no muy china de echarnos, y caminamos unos pasos hasta la arena. Nos sentamos.
Alcé la mirada hacia el cielo de aquel país. Era un cielo diferente del nuestro. Me puse a cazar estrellas. Sorprendido descubrí la Cruz del Sur en el horizonte. La muchacha pálida me dijo que la Cruz del Sur se dejaba ver en mayo.
Habló como si hubiera pasado años callada. Hablaba y se mordía las uñas. Tenía las uñas todas comidas.
Mis rodillas estaban flojas y mis ojos llenos de sueño; me había vuelto el temblor del mentón. Pero me sentía bien allí.
No sé por qué le dije que era linda pero flaca, y ella se defendió. Se alzó la pollera para que le palpara una pierna.
Después caminamos un par de cuadras bajo los árboles. Señaló vagamente hacia las casas de tejas rojas, en una callecita angosta que desembocaba en la playa.
—Yo vivo allí —dijo.
También me gustaba su voz un poco ronca.
Se detuvo, se apoyó de espaldas contra una pared.
Hacía calor. Había mosquitos en la luz del farol.
—Perdóname por hablar tanto —dijo. Se mordió los labios. Una gotita de sangre le resbaló hacia el mentón.
9.
Me gustó verla desnudarse a la luz azul de la luna. No había mentido al decir que era una falsa flaca.
Creo que nunca lo hice peor. Mover un brazo me costaba un triunfo. Salí de ella y me desplomé.
Me despertó a las sacudidas:
—¿Qué es eso?
Me di vuelta; me froté los párpados. En un ángulo de la puerta abierta brillaban dos ojos dorados, deslumbrantes en la negrura.
—No sé —le dije—. Un gato.
Me estaba deslizando nuevamente en el sueño cuando ella me apretó un brazo.
—Mira —me dijo.
—¿Qué?
—Sigue ahí.
Los ojos no parpadeaban ni se movían.
Entonces yo tampoco pude dormir.
Encendí la luz y no vi un gato ni nada. Apagué y me puse de cara a la pared. Pero sentía en la nuca algo así como un disparo de electricidad.
La muchacha pálida se levantó y avanzó.
—Déjalo —le dije.
La vi agacharse, le adiviné los murmullos que el ruido del mar apagaba. El cuerpo de ella se interpuso entre los ojos dorados y yo. Y de pronto ella pegó un alarido.
10.
Encendí la veladora. Ella se estaba mirando la mano, como atontada. Vi las marcas de la mordedura.
—Ese gato tenía la rabia —dijo, y se echó a llorar.
Para hablar, tuve que obligar a la garganta. Creo que fui sincero: dije que los perros transmiten la rabia, pero los gatos no. La sueñera me arrastraba. La mano de ella empezó a hincharse.
—Sí —insistía ella— tenía. Ese gato tenía la rabia. No te importa que yo me muera —gemía.
Decidió salir a preguntar. Al pararme, el mundo dio una vuelta completa. Me vestí, no sé cómo, y seguí mareado cuando bajamos.
Encontramos un marinero que dormía de espaldas contra el murallón de piedra de la playa. Nos contestó sin apuro y sin enojo, mientras daba las primeras pitadas a un cigarrillo. Había que perseguir al gato y atraparlo, para saber.
Ahí anduvimos, agachados los tres, llamando gatos en la oscuridad. Teníamos una sola linterna. Vimos gatos de todos los colores y tamaños. Nosotros maullábamos y ellos nos contestaban, se asomaban, se deslizaban por las cornisas y huían.
Cada pocos metros yo me sentaba en el suelo y juntaba fuerzas para los próximos pasos. No jadeaba, porque no tenía aire ni para eso. Tampoco parpadeaba: si dejaba que se juntaran los párpados, me dormía.
11.
La mano de ella se puso de color morado. Tenía el brazo paralizado, pero ya no se quejaba. Había que ir al hospital. Quiso ir sola. El cuerpo se me había levantado en huelga: yo le daba órdenes y él no se movía. “Compañero cuerpo —le pedí—, usted no me puede fallar”.
Para ir al hospital, teníamos que llegar a la autopista y esperar que la Divina Providencia nos mandara un taxi. La autopista quedaba al otro lado de una cuesta empinada y larga.
En el hospital le inyectaron suero. La muchacha pálida salió con la mano vendada. Me dijo, seca, que debía ir a Caracas, al instituto Antirrábico, durante catorce días, todos los días, para darse inyecciones. La primera inyección era a las ocho de la mañana. Prometí acompañarla. Ella no dijo nada.
Cuando volvimos, ya se alzaba en el horizonte la bruma del alba. Con la primera luz, un barco pesquero apareció, solitario, frente a la playa.
Subí las escaleras, con movimientos de sonámbulo, y me hundí en la cama. Creo que alcancé a poner en su sitio la aguja del despertador, pero no le di cuerda.
Me desperté a las cuatro de la tarde.
12.
La busqué.
Recorrí, casa por casa, la cuadra donde me había dicho que vivía. Yo no sabía el nombre. Ofrecí lo que pude: la cara, la blancura de la piel, las ropas, el pañuelo en el cuello, las sandalias. Nadie había visto. Nadie había oído.
Anduve por la costa. Caminé, pregunté, insistí.
Tuve que ir a Caracas. Ya era tarde cuando volví.
El mozo del restorán chino estaba barriendo el piso con aserrín. Se apoyó en la escoba. Me sonrió y asintió con la cabeza. No me dijo nada.
Continúa próxima semana…
POR EDUARDO GALEANO
ILUSTRACIONES ALFREDO RAJOY
MI SEGUNDA MUERTE
FUE ASÍ
1.
Me levanté, a los tropezones, y encendí la única lámpara del cuarto. En el reloj eran las ocho y media de la noche. Abrí de par en par las dos hojas de la puerta, que daban a una terraza de madera sobre la playa. La luna llena excitaba a los perros. Yo no podía dormir, pero no por los ladridos.
Estar parado me mareaba. Me recosté, doblé la almohada; quise leer. La cama hervía. Afuera soplaba una brisa caliente que dejaba caer, a mis pies, las hojas de los almendrones.
Aquel había sido un día importante para mí. A la salida del hospital me habían dado un certificado de resurrección.
Di un par de pasos, mareado, y abrí la ducha. Me miré al espejo: vi un montón de huesos con ojeras.
Estaba a la miseria. Tenía rodillas de gelatina. Me temblaba el mentón, me castañeteaban los dientes. Junté toda la fuerza que me quedaba y me apreté el mentón con las dos manos. Yo quería parar ese crujidero continuo. No pude.
Me senté en la cama, con la toalla en las rodillas. El agua repiqueteaba fuerte contra el piso de cemento del baño. Me quedé sentado un rato largo, pensando en nada y mirándome los dedos de los pies. Ríos de transpiración me resbalaban por el cuerpo desnudo. Me sequé la transpiración y me puse, lento, el pantalón y la camisa.
La ducha seguía abierta. Me di cuenta de que no me había bañado. Desvestirme me daba pereza. Cerré la canilla y salí.
Caminé descalzo bajo los almendrones de Macuto.
2.
Caracas era un supermercado gigante. Solamente los automóviles podían vivir allí sin pudrirse el alma ni envenenarse los pulmones. Así que yo había alquilado un cuarto en ese hotelito de la costa, frente al mar. No quedaba lejos. Cada día yo iba y venía a través de las montañas.
Aquel sí que era un buen lugar. El aire estaba siempre limpio y el sol se metía temprano en el cuarto, y entonces uno se iba a nadar un buen rato antes de empezar el día.
En la costa se alineaban varios cafés y restoranes con mesitas bajo los árboles, al borde de la playa. Había muchas palomas. Allí fue que supe, porque no sabía, que cuando la paloma une su pico con el pico del pichón, no lo hace para besarlo, sino para darle de comer la leche nacida de su buche.
3.
Al atardecer, hora de tregua, me habían dado el alta.
Alejandro Mondolfi, el médico, me palmeó la espalda y me dijo:
—Te suelto —y me dijo—. Has tenido dos paludismos en un mes. Te cuidas o eres cadáver. Tienes que comer mucha lenteja. Aquí están tus pastillas: quinina, hierro.
Ahora yo sabía que un mosquito puede ser peor que una serpiente y también sabía que sería perseguido, hasta el fin de mis días, por el pánico a la vuelta del incendio y el hielo de aquella fiebre. En la selva la llaman la económica, porque te mata en un día y no tenés que gastar en remedios.
Nos habíamos quedado presos de las lluvias, con Daniel Pacheco y Arnaldo Mendoza, en las minas de diamantes de la selva del Guaniamo. El desastre había valido la pena. Allí un hombre se dormía millonario y al amanecer estaba muerto o sin una moneda para comprarse una galleta. El negro Barrabás había fundado la estirpe de los mineros. Había encontrado un diamante del tamaño de un huevo de paloma y se había hecho arrancar todos los dientes para ponerse una dentadura de oro puro. Terminó sus días en una mina perdida de la frontera, pidiendo fiado para el desayuno.
En los campamentos mineros se dormía en hamacas entre los árboles. Cada hamaca era una casa, pero se consumía whisky Ballantine’s y coñac francés. Un café valía diez veces más que en Caracas y nosotros nos quedamos, en pocos días, sin un centavo. Nos salvó La Nena. Ella venía de La Guaira. Tenía diecinueve años y en una noche de amor ganaba más que yo en un mes de trabajo. Cuando le miré las piernas, pensé: “Es justo”. La Nena nos regalaba cerveza y comida; y por fin pudimos meternos en una avioneta que nos sacó de la selva. Los mosquitos nos habían devorado y los tres llevábamos la malaria en la sangre. Yo tuve las dos malarias: la benigna y, en seguida, la brava.
Mi cabeza era una llaga viva cuando llegué al hospital. La fiebre la escarbaba con puñales, le prendía fuego. Por entre los labios partidos me salían quejas y disparates. Sentía que me moría y no esperaba que nadie apareciera en medio del delirio y abriera sus brazos para salvarme de los hervores y las cuchilladas de la fiebre: el dolor era tanto que no cabía en mí nadie más que el dolor, y simplemente me quería morir porque la muerte dolía menos.
Pero me gustó despertarme vivo a la mañana siguiente. La fiebre había caído. Parpadeé: recorrí las camas de mis vecinos, me restregué los ojos. Estaba rodeado de caras que la leishmaniosis había hecho pedazos. La lepra les había comido orejas, labios y narices; se les veían los huesos y las encías.
Pasé un buen tiempo encerrado. Creo que yo era el único caso de paludismo. Los leprosos, hombres de campo, no hablaban. Yo compartía con ellos las manzanas que traían mis amigos. Ellos tenían una radio. Escuchaban boleros.
La quinina, una dosis de caballo que me metieron en las venas, me había salvado. Poquito a poco me iba recuperando. Me asusté cuando vi que meaba negro, mi sangre muerta, y más me asusté cuando volvió la fiebre. Apreté el brazo del médico y le pedí que no me dejara morir, porque yo ya no me quería morir, y él se rió y me dijo que me dejara de joder.
4.
Recuerdo el tiempo del hospital como un largo viaje. Yo iba en un tren, atravesando el mundo, y de la bruma de la noche se desprendían ciudades y resplandores, caras queridas: yo les decía adiós.
Veía el mar y el puerto de Montevideo y los fogones de Paysandú, las esquinas y las llanuras donde había sido chiquilín y feliz. Veía un potrillo galopando. Veía ranchos de terrón y pueblos fantasmas. Pajaritos en el lomo de una vaca echada. El casco de una estancia en ruinas. Me veía entrando en la capilla invadida por la maleza. Yo metía la llave enorme y la puerta crujía y gemía. Desde afuera venía el bullicio de las calandrias y los teros. La luz atravesaba los vitrales y me bañaba, rojiza, la cara, mientras yo me abría paso entre los yuyos y llegaba al altar y charlaba con Dios y lo perdía.
Veía a mi hermano despertándome bajo los árboles, a los sacudones, al amanecer del tercer día de nuestra travesía a caballo por el campo abierto. Él me despertaba y me preguntaba: “¿Estuviste alguna vez con una mujer?”, y yo me desperezaba y le mentía.
Veía mares y puertos. Cantinas de suburbio, llenas de humo, oliendo a comida caliente. Cárceles. Comarcas lejanas. Pueblitos perdidos en las montañas. Campamentos con hogueras. Veía miradas, vientres, fulgores: mujeres amadas bajo la lluvia violenta o en el mar o en los trenes, mujeres clavadas a medianoche contra un árbol de la calle; abrazos de escarabajos que ruedan por las arenas de los médanos. Veía a mis hijos y a los amigos que nunca más se supo.
Yo me había pasado toda la vida diciendo adiós. Carajo. Toda la vida diciendo adiós. ¿Qué ocurría conmigo? Después de tanta despedida, ¿qué había dejado yo? Y en mí, ¿qué había quedado? Yo tenía treinta años, pero entre la memoria y las ganas de seguir se había amontonado mucho dolor y mucho miedo. Había sido muchas personas, yo. ¿Cuántas cédulas de identidad tenía?
Otra vez había estado a punto de naufragar. Me había salvado de morir una muerte no elegida y lejos de mi gente, y esa alegría era más intensa que cualquier pánico o lastimadura. “No hubiera sido justo morirme”, pensé. No había llegado a puerto este barquito. Pero, ¿y si no había ningún puerto para este barquito? En una de esas navegaba por el puro gusto de andar o por la locura de perseguir aquel mar o cielo luminoso que había perdido o inventado.
Ahora, morirme hubiera sido un error. Yo quería dar todo antes de que la muerte llegase, quedarme vacío, para que la hija de puta no encontrara nada que llevarse. ¡Tanto jugo que tenía todavía! Sí. Era eso lo que me había quedado al cabo de los adioses: mucho jugo y ganas de navegar y angurria de mundo.
5.
Mis amigos me trajeron en auto, desde el hospital. Llegamos a Macuto poco antes de la caída del sol. Nos sentamos en un café, pedimos cerveza.
De la luz del crepúsculo salían atardeceres de otros tiempos. Cuando yo era chiquito me iba a pescar, pero no por pescar, que en realidad no me gustaba porque me daban lástima los pescados, sino por el júbilo de estar allí en los muelles mirando cómo el mar se tragaba lentamente al sol. Habían pasado los años y ahora era igual. Yo sentía lo mismo en el pecho. Pensé que alguna cosa esencial no había cambiado dentro de mí, a pesar de todo.
Me reí con mis amigos. Ellos me ofrecieron muletas, me dijeron que la malaria me había dejado el mal de San Vito, me propusieron que empezara los trámites de la jubilación.
Al anochecer, se volvieron a Caracas. Yo subí al cuarto a acostarme. Quise dormir; no pude.
Después me levanté y caminé. Sentía la arena en las plantas de los pies descalzos y las hojas de los árboles me tocaban la cara. Había salido del hospital hecho un trapo, pero había salido vivo, y se me importaba un carajo el temblor del mentón y la flojera de las piernas. Me pellizqué, me reí. No tenía dudas ni miedo. El planeta entero era mi tierra prometida.
6.
Pensé que conocía unas cuantas historias buenas para contar a los demás y descubrí, o confirmé, que escribir era lo mío. Muchas veces había llegado a convencerme de que ese oficio solitario no valía la pena si uno lo comparaba, pongamos por caso, con la militancia o la aventura. Había escrito y publicado mucho, pero me habían faltado huevos para llegar al fondo de mí y abrirme del todo y darme. Escribir era peligroso, como hacer el amor cuando se lo hace como debe ser.
Aquella noche me di cuenta de que yo era un cazador de palabras. Para eso había nacido. Esa iba a ser mi manera de estar con los demás después de muerto y así no se iban a morir del todo las personas y las cosas que yo había querido.
Para escribir tenía que mojarme la oreja. Yo sabía. Desafiarme, provocarme, decirme: “No podés, a que no”. Y también sabía que para que nacieran las palabras yo tenía que cerrar los ojos y pensar intensamente en una mujer.
7.
Entonces tuve hambre y me metí en el restorán chino de Macuto. Me senté junto a la puerta, para recibir la brisa fresca que venía del mar.
Al fondo del restorán había una muchacha comiendo sola. La vi de perfil; casi no me fijé. Además, soy corto de vista, y no llevaba lentes.
No recuerdo lo que comí. Arrollados, supongo, y sopa y pollo saltado o algo así. Bebí cerveza, que es siempre preferible a un vino malo. Me tomé la cerveza como a mí me gusta, con la espuma helada en los labios y el líquido dorado atravesando la espuma de a poco y rozándome los dientes.
Comiendo me olvidé del temblor del mentón. La mano llevaba con firmeza el tenedor a la boca.
Alcé la mirada. La muchacha pálida se acercaba, con pasos lentos, desde el fondo.
Levantó del suelo una flechita de papel y la rompió en pedacitos. La miré, me miró.
—Te mandé un mensaje —me dijo.
Tragué saliva. Sonreí disculpándome.
—Sentate —la invité—. No me di cuenta —dije.
Le pregunté qué decía el mensaje.
—No sé —dijo.
—Sentate —repetí, y corrí una silla.
Movió la cabeza; vaciló. Por fin se sentó. Miraba el piso, incómoda.
Quise seguir comiendo, pero me costaba.
—Se ve que no tomas sol —le dije.
Se encogió de hombros.
El resto de comida se me enfrió en el plato.
Ella extendió la mano, buscando un cigarrillo. Alcancé a ver las cicatrices de los tajos en la muñeca. Le encendí el cigarrillo. Tosió.
—Son fuertes —dijo.
Examinó el paquete, le dio vuelta en la mano:
—No son de acá —dijo.
La luz le lamía la cara. Era hermosa, a pesar de la palidez y la flacura. Me clavó los ojos y yo deseé que sonriera y no supe cómo.
—¿Sabes por qué te tiré la flechita? —preguntó, y dijo—. Porque tienes cara de loco.
Creo que había una música china, lastimera, sonando bajito. Una voz de mujer, si no me equivoco, que se cortaba en la mitad de cada queja.
—Yo nunca tomo sol —dijo—. Me paso todo el día encerrada en mi cuarto.
—¿Y qué haces, encerrada?
—Espero —me dijo.
8.
Al final apagaron las luces, que era una manera no muy china de echarnos, y caminamos unos pasos hasta la arena. Nos sentamos.
Alcé la mirada hacia el cielo de aquel país. Era un cielo diferente del nuestro. Me puse a cazar estrellas. Sorprendido descubrí la Cruz del Sur en el horizonte. La muchacha pálida me dijo que la Cruz del Sur se dejaba ver en mayo.
Habló como si hubiera pasado años callada. Hablaba y se mordía las uñas. Tenía las uñas todas comidas.
Mis rodillas estaban flojas y mis ojos llenos de sueño; me había vuelto el temblor del mentón. Pero me sentía bien allí.
No sé por qué le dije que era linda pero flaca, y ella se defendió. Se alzó la pollera para que le palpara una pierna.
Después caminamos un par de cuadras bajo los árboles. Señaló vagamente hacia las casas de tejas rojas, en una callecita angosta que desembocaba en la playa.
—Yo vivo allí —dijo.
También me gustaba su voz un poco ronca.
Se detuvo, se apoyó de espaldas contra una pared.
Hacía calor. Había mosquitos en la luz del farol.
—Perdóname por hablar tanto —dijo. Se mordió los labios. Una gotita de sangre le resbaló hacia el mentón.
9.
Me gustó verla desnudarse a la luz azul de la luna. No había mentido al decir que era una falsa flaca.
Creo que nunca lo hice peor. Mover un brazo me costaba un triunfo. Salí de ella y me desplomé.
Me despertó a las sacudidas:
—¿Qué es eso?
Me di vuelta; me froté los párpados. En un ángulo de la puerta abierta brillaban dos ojos dorados, deslumbrantes en la negrura.
—No sé —le dije—. Un gato.
Me estaba deslizando nuevamente en el sueño cuando ella me apretó un brazo.
—Mira —me dijo.
—¿Qué?
—Sigue ahí.
Los ojos no parpadeaban ni se movían.
Entonces yo tampoco pude dormir.
Encendí la luz y no vi un gato ni nada. Apagué y me puse de cara a la pared. Pero sentía en la nuca algo así como un disparo de electricidad.
La muchacha pálida se levantó y avanzó.
—Déjalo —le dije.
La vi agacharse, le adiviné los murmullos que el ruido del mar apagaba. El cuerpo de ella se interpuso entre los ojos dorados y yo. Y de pronto ella pegó un alarido.
10.
Encendí la veladora. Ella se estaba mirando la mano, como atontada. Vi las marcas de la mordedura.
—Ese gato tenía la rabia —dijo, y se echó a llorar.
Para hablar, tuve que obligar a la garganta. Creo que fui sincero: dije que los perros transmiten la rabia, pero los gatos no. La sueñera me arrastraba. La mano de ella empezó a hincharse.
—Sí —insistía ella— tenía. Ese gato tenía la rabia. No te importa que yo me muera —gemía.
Decidió salir a preguntar. Al pararme, el mundo dio una vuelta completa. Me vestí, no sé cómo, y seguí mareado cuando bajamos.
Encontramos un marinero que dormía de espaldas contra el murallón de piedra de la playa. Nos contestó sin apuro y sin enojo, mientras daba las primeras pitadas a un cigarrillo. Había que perseguir al gato y atraparlo, para saber.
Ahí anduvimos, agachados los tres, llamando gatos en la oscuridad. Teníamos una sola linterna. Vimos gatos de todos los colores y tamaños. Nosotros maullábamos y ellos nos contestaban, se asomaban, se deslizaban por las cornisas y huían.
Cada pocos metros yo me sentaba en el suelo y juntaba fuerzas para los próximos pasos. No jadeaba, porque no tenía aire ni para eso. Tampoco parpadeaba: si dejaba que se juntaran los párpados, me dormía.
11.
La mano de ella se puso de color morado. Tenía el brazo paralizado, pero ya no se quejaba. Había que ir al hospital. Quiso ir sola. El cuerpo se me había levantado en huelga: yo le daba órdenes y él no se movía. “Compañero cuerpo —le pedí—, usted no me puede fallar”.
Para ir al hospital, teníamos que llegar a la autopista y esperar que la Divina Providencia nos mandara un taxi. La autopista quedaba al otro lado de una cuesta empinada y larga.
En el hospital le inyectaron suero. La muchacha pálida salió con la mano vendada. Me dijo, seca, que debía ir a Caracas, al instituto Antirrábico, durante catorce días, todos los días, para darse inyecciones. La primera inyección era a las ocho de la mañana. Prometí acompañarla. Ella no dijo nada.
Cuando volvimos, ya se alzaba en el horizonte la bruma del alba. Con la primera luz, un barco pesquero apareció, solitario, frente a la playa.
Subí las escaleras, con movimientos de sonámbulo, y me hundí en la cama. Creo que alcancé a poner en su sitio la aguja del despertador, pero no le di cuerda.
Me desperté a las cuatro de la tarde.
12.
La busqué.


    Recorrí, casa por casa, la cuadra donde me había dicho que vivía. Yo no sabía el nombre. Ofrecí lo que pude: la cara, la blancura de la piel, las ropas, el pañuelo en el cuello, las sandalias. Nadie había visto. Nadie había oído.
    Anduve por la costa. Caminé, pregunté, insistí.
    Tuve que ir a Caracas. Ya era tarde cuando volví.
    El mozo del restorán chino estaba barriendo el piso con aserrín. Se apoyó en la escoba. Me sonrió y asintió con la cabeza. No me dijo nada.
    Continúa próxima semana…

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