Estaba advertido. A Palomo había que montarlo todo lo que fuera posible. Una
mañana –cielo azul intenso, brisa, mar revuelto– recordó aquella advertencia de
la mujer que se lo había regalado. Como si estuviera en carnavales, se vistió de
capuchón y puso su delgado cuerpo encima de un galápago que vestía el lomo del
caballo. Por las playas de Salgar cabalgó con la mente vacía y el cuerpo
tranquilo hasta que un jadeo seco y continuo se mezcló con el rumor de las olas.
Inclinó su cuerpo y se encontró con una espuma blanca y espesa que brotaba de la
boca de Palomo. De repente una luz intensa inundó su cara. No recordó nada más,
no supo cómo regresó a su casa. Había tenido, lo que hoy llama, una experiencia
solar. Nunca volvió a ser el mismo
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